El fútbol desanimaba y la esperanza resistía. El daño corrupto predominaba y la lucha persistía. Racing era golpeado desde cualquier esquina del ring, y en cada bocanada de aire, su gente le tiraba agua y le pedía que no afloje.

Era como esperar una ambulancia que nunca llegaba, y los latidos se distanciaban más y más. La hinchada, aquel cúmulo de personas pasionales, se cansó de esperar al equipo de rescate y decidió convertirse en él.

“Resista, Academia querida. Estamos nosotros, no hay que preocuparse más”.

Era ver a un conglomerado de inexpertos querer aprender años de medicina en 15 minutos. Y, contra todo pronóstico, lo hicieron.

Los rodillos se vistieron de bisturí, la pintura de anestesia, y cada intervención en el corazón de Racing era generado por el amor desmedido de un ciudadano promedio. Ese ciudadano llevó a su familia y amigos, y esos amigos a sus familias y amigos, todos con el mismo color de sangre: celeste y blanca.

Un motor oxidado convertido en un latido de recién nacido. Los hinchas le habían dado al club la magia de convertirse en ave fénix, y renacer.

La operación se bautizó como exitosa, y el predio brilló.

Durante la intervención quirúrgica, no olvidaron ni por un segundo a la médica que les había inculcado los valores necesarios para proteger ese corazón. Dejó enseñanzas y libros que luego fueron adquiridos por cada enamorado en aquella espera eterna por la ambulancia que no llegó.

¿Su nombre? Tita Mattiussi.

La suma de la resurrección de un club con la pionera del sentido de pertenencia.

Predio Tita Mattiussi.

La huella del hincha, el futuro de Racing.

Nota por Micaela Vitello