Empezás jugando a la pelota en la calle con algunos vecinos y no sólo notás que lo disfrutás, sino también te sentís identificado. Te comprometés con ella en cada roce que le regalás. Le dedicás tiempo antes, durante y después.

Un día vestiste una camiseta con los colores del cielo, y la adrenalina te llevó a soñar cada vez más. Un pase era un paso más cerca de lograr que miles de personas gritaran tu nombre.

Trabajaste con José y su cuerpo técnico, con tus compañeros se alimentaron de ambición. Peucelle, como si se tratase de un visionario, te dijo que para mantenerte titular tenías que saber pegarle a la bocha con las dos piernas. Y qué te puedo decir. La leyenda cuenta que quien venga a Racing con hambre de victoria, respeto por el escudo y la ofrenda del 100% de su capacidad, va a recibir la mística que se necesita para pertenecer a la historia del club.

Ese zurdazo…

Un zurdazo te dio tanta confianza, que ni bien lo ejecutaste, saliste corriendo para festejar porque sabías lo que habías hecho, y el arquero todavía no se había dado cuenta. Un zurdazo hizo temblar a sus hinchas, simpatizantes y también a quienes no soportaban la idea de una Academia triunfando. Un zurdazo le otorgó a Argentina el primer festejo por Copa Intercontinental.

Mucho se habla de la muerte y sus conceptos, incluso podemos decir muchas palabras de aliento de memoria, pero prefiero quedarme con el más reciente que escuché: El duelo es la manifestación del amor y el acompañamiento que ya no te pueden dar. Y lo que más deseo, es no perderlo. Ojalá este duelo nunca se vaya, porque significaría que el amor que te tengo, al igual que toda esta gente, va a ser para siempre. Sólo queda buscar una nueva forma de demostrártelo, y elijo la misma que siempre me sanó el corazón: Alentar a Racing, bien firme en la tribuna.

Nota por Micaela Vitello