La increíble historia del predio Tita Mattiussi, donde se forman las estrellas juveniles del campeón de la Superliga. Por Julián Zocchi

Corría la década del ‘90 y los chicos de la pensión de Racing se despertaban todas las mañanas con el canto de un gallo. “Era una especie de alarma involuntaria”, recuerda Javier Lux, que vivía debajo de la tribuna del estadio junto al Polaco Adrián Bastía, Albano Bizarri, el Tanito Ruggeri y el Choclo Aureli, entre otros chicos. “Fueron varios meses hasta que un día el gallo no volvió a cantar”, le cuenta Lux a Viva, desde arriba de una cosechadora en su Carcarañá natal. “Unos días después nos dimos cuenta de que nos habíamos comido al gallo. El cocinero se las tenía que rebuscar tanto que lo mató para meterle alguna proteína al arroz”, completa el integrante de aquel equipo de Mostaza Merlo que cortó la racha de 35 años de Racing sin títulos.

“Nos hacían fideos a la parrilla porque no teníamos gas para hervir el agua”, dice, y termina de graficar la odisea que era vivir en la pensión académica por aquellos años.

Más de dos décadas después, cuando caminamos junto a Miguel Gomis (73) y Claudio Sifón Ubeda (49), coordinadores de las inferiores del club de Avellaneda, por el césped de la Cancha 1 del predio Tita Mattiussi, el contraste es notable. Hoy los chicos de la pensión de Racing siguen la dieta de un nutricionista, el club les proporciona psicólogos y apuesta a la neurociencia aplicada al deporte; además, los educa en el colegio privado de la institución y les da una prepaga de primera línea.

“Estamos saldando aquella deuda. Cuidamos mucho a los chicos. Reciben todo lo que necesitan para desarrollarse como personas y, si tienen la suerte de llegar, como futbolistas”, dice Ubeda, que fue el capitán del equipo campeón en 2001.

Hace un par de meses, las inferiores de Racing estrenaron un software que trajo Diego Milito desde Europa para entrenar la velocidad en la toma de decisiones de los futbolistas. Milito volvió como jugador en 2014, con el objetivo de cambiar la cabeza del club, e instaló lo que parecía una muletilla, el Racing positivo. Y hoy, como mánager, con el equipo convertido este año en campeón de la Superliga, sigue en esa dirección.

“Estamos en busca de la excelencia continuamente. Queremos ser La Masía del fútbol argentino. A este ritmo, en unos años vamos a estar a la par de Boca y River”, apuesta Gomis. Es que, para el coordinador de inferiores, el límite parece ser el cielo. Tanto que se anima a comparar al Tita con el famoso campo de deportes del Barcelona. Y, aunque suene exagerado, a dos décadas de su inauguración, los frutos cosechados por el Tita apuntan para ese lado.

En diez años, Racing recaudó casi ochenta millones de dólares gracias a los made in Tita. Eso, sin contar a la generación Campeona del Mundo sub-20, la de Romero, Mercado, Moralez, Matías Sánchez y Yacob. Las ventas transformaron a un club deudor en acreedor con un superávit de seiscientos millones de pesos en 2018. Una buena excusa para meternos en las entrañas de este mítico lugar y entender cómo hizo la Academia para desarrollar esta verdadera fábrica de cracks.

Los hinchas que vieron el futuro

“Si no fuera por esos diez locos visionarios, hoy no tendríamos el patrimonio más importante con el que cuenta el club”, afirma Diego Milito. “Es que estamos locos en serio. Si ves lo que era esto cuando llegamos, no lo podés creer. Un baldío. Pastos, montañas, el tanque estaba oxidado. Las canchas que hoy ves hermosas, estaban repletas de piedras del Warnes, tuvimos que sacar cimientos”, recuerda Marcelo Betbesé uno de los padres de la criatura.Un domingo de octubre del ‘98, el fundador de los Racing Stones (por entonces, la facción más creativa de la hinchada académica), abrió un diario y leyó, “Los pibes de Racing no pueden entrenar por falta de pago”, algo que se había vuelto habitual.

“Nos echaban de todos lados”, se suma otra vez Javier Lux. “Aquel día nos cerraron la puerta del Triángulo de Bernal en la cara: nos fuimos a entrenar al costado de la Ricchieri. Ya nos habíamos recorrido todo el Conurbano”, recuerda Miguel Gomis. Y sigue Betbesé, más conocido como Marcelo Stone: “Entonces nos enteramos de que, bajo la gestión del presidente Osvaldo Otero, Racing había recibido unas tierras que había perdido por no cumplir con unas obras. Decidimos recuperarlas: las ocupamos”.

Ahora el que se suma a la historia es Sebastián Bonino, otro de los visionarios: “No teníamos claro que estas fueran las tierras indicadas. Y tuvimos que sacar a unos linyeras que estaban en el galpón: nos invitaron a comer guiso de paloma y nos pidieron que no les pegáramos, algo que, por supuesto, no estaba en nuestros planes”.

El 4 de marzo del ‘99, Daniel Lalín, excéntrico presidente de Racing, presentaba ante la Justicia la quiebra del club, pero Betbesé, Bonino y compañía no paraban de sumar voluntarios y empezaron a alisar las canchas, que tenían más escombros que la Berlín de posguerra. “Hacíamos choriceadas todos los días, rifas, pero cuando la gente llegaba al lugar se desanimaba. Nos decían: ‘Es imposible levantar esto’. Además nadie quería poner un mango más en Racing: se habían robado todo”, recuerdan.

Hasta que un día, Marcelo se cansó de los cinco pesos que juntaba con cada colaboración y fue a golpearle la puerta a un pez gordo: Oscar Cribari, empresario del carbón y enfermo por Racing. “Cuando llegué pensó que le iba a pedir veinte mil pesos de hoy: ‘Necesito treinta mil dólares’, le tiré. ‘Vos estás loco’, me dijo, pero al otro día salí de su oficina con la mochila repleta de verdes. Sabía que iba todo para el predio.” A esa altura, ya nada podía parar el sueño del Tita.

Con la ayuda del periodista y abogado Luis Otero armaron una mutual para que la plata no se fuera en la quiebra de Racing. Gustavo Costas y Teté Quiroz, ex jugadores y grandes referentes del club, abrieron una cuenta en la que se recibían depósitos. Alquilaron máquinas, alisaron el terreno, pintaron el galpón de los cirujas, donde hoy funcionan el gimnasio y el buffet, y acondicionaron los vestuarios. Y lo bautizaron Predio Tita Mattiussi, en homenaje a aquella mujer que dejó la vida por Racing.

El 9 de julio de 1999, se inauguró la Cancha 1 del Tita: “El primer predio del mundo creado y manejado por los hinchas”, rezaba el cartel que pintaron esos locos románticos, que al final no estaban tan locos.

El sueño del pibe

Son las tres de la tarde de un jueves y el sol del otoño acaricia, tibio, el césped de este centro deportivo que hoy cuenta unas diez hectáreas. El tanque australiano con el escudo de Racing planta bandera en Sarandí, un barrio ajeno. Hace poco, la Academia celebró su título de liga número 18 y los pibes llegan con las camisetas de Lisandro López, Matías Zaracho y Lautaro Martínez (hoy en el Inter de Milán), algunas de las joyas de la cantera.

Ahora, cerca de ochenta infantiles que van desde los 10 a los 13 años hacen trabajos de fútbol en espacio reducido. En la Cancha 3, las torcazas se hacen un banquete con la resiembra que acaba de tirar Leonardo Manguera Tarrio, canchero de Racing. Más cerca de la entrada, en el estacionamiento, Adrián Alves duerme una siesta a la sombra de un álamo mientras espera a su hijo, Adriano. Los Alves son correntinos y, literalmente, dejaron todo en su provincia para que su chico de 13 pudiera jugar al fútbol.

“Abandoné el laburo, también la casa y vendí el auto para venir a Buenos Aires. Hoy trabajo toda la noche en seguridad. Cuando salgo empiezo el recorrido con Adriano. Cuando termina de entrenar ya tengo que rajar para el laburo. Por eso trato de dormir mientras entrena”, explica Alves, quien en un rato manejará más de una hora hasta San Isidro y correrá otra vez al trabajo. Y así todos los días. “Es increíble cómo me aman mis viejos. Hacen este esfuerzo para que yo pueda cumplir mi sueño. ¿Qué sueño? Debutar en el Cilindro y jugar en la Selección”, sintetiza el chico de 13 años, que paga con creces: el año pasado metió 14 goles en la 2006 y, lo más importante, todas las materias en su escuela.

Es uno de los requisitos indispensable para jugar en Racing: cada dos meses traemos el certificado de alumno regular”, explica Ramona, la mamá del arquero Mauricio Franco. Algo que en la pensión es un requerimiento excluyente. Si no, que lo diga Rosendo Barni, que perdió su lugar por dejar la escuela: “Fue un error. Me tuve que volver a Deró a trabajar de albañil. Yo tengo nueve hermanos y allá la vida es más dura que en la pensión. Gracias a Dios, Teté Quiroz me dio otra oportunidad y pude volver: este lugar es único, Racing te enamora”, reconoce el chico que llegó a los 8 años y, a los 17, juega en Quinta.

Acá los preparamos para la vida. En un momento nos encontramos con que los chicos quedaban libres a los 21 años y no sabían hacer nada. No podés dejar veinte, treinta pibes todos los años librados a su suerte. ¿Qué hicimos? Un programa de pasantías para que aprendan a trabajar y salgan con una experiencia laboral”, cuenta Cecilia Contarino, psicóloga y encargada de la pensión, que aporta un dato que sostiene sus palabras: “Pensá que apenas tres de cada cien van a llegar a Primera”.

La clave del éxito

“A Racing todos quieren volver, porque te tratan como si fuera tu familia”, sintetiza la última joya, Lautaro Martínez.¿Cómo funciona esta familia? “Trabajamos mucho en el sentido de pertenencia. Hemos pasado cosas fuertes, transitamos juntos los problemas. Tenemos un jugador que superó una leucemia acá adentro. Hoy juega en Primera en otro club y nos siguen llegando los remedios que tiene que seguir tomando”, cuenta Contarino.

Para entender un poco de qué habla la psicóloga, llegamos a la pensión. Alan Ortiz (19) es uno de los “vitalicios” y ahora se mueve con una férula por la rotura de los ligamentos de su rodilla izquierda. Sus tatuajes son estigmas, como el que lleva en el pecho: “Me fui a los 11 años de Villa Ocampo, Chaco, y mi vieja se sentía muy sola porque papá trabajaba todo el día. Por eso quiso traer una hermanita. La tuvo nueve meses en la panza y nació sin vida. Por eso la llevo en la piel”, confiesa entre mate y mate.

A las seis de la tarde, los chicos llegaron del colegio y terminan de merendar en el comedor del famoso Honguito. Son 46 chicos que se reparten en las 15 habitaciones distribuidas en esta construcción circular.

Otro “viejito” de la pensión es Lautaro Arregui. Llegó al club a los 13, desde Zárate. Jugó de 9, de media punta y hoy es lateral por derecha. Es el más antiguo del lugar, aunque a los 16 estuvo a punto de dejar el fútbol: “Hace cinco años mi hermano cayó preso y la vida de mi familia cambió 180 grados. Decidí volver con ellos, pero Cecilia me explicó que yo no iba a poder cambiar las cosas y que tenía que luchar por mi futuro, que también es el de mi familia. Después de todo lo que te dan acá, cómo no vas a defender esta camiseta a muerte”, asegura.

El Tita atraviesa todos los estratos de la pirámide social. Detrás de su portón puede convivir un pibe del barrio más humilde junto con el hijo de un juez neuquino; o con Leo, el hijo de Diego Milito. ¿Dónde se ve el sentido de pertenencia? Cada mes de julio, cuando Chiquito Romero, el arquero con más presencias en la Selección argentina, surgido en esta cantera, llega de vacaciones al país trae una bolsa de botines para el Tita. Lo mismo que Lautaro Martínez, que no deja de asistir al predio para ver las inferiores. O Lisandro López, que volvió para ser campeón este año, igual que Milito en 2014.

El actual mánager donó la recaudación de su partido homenaje para construir un “Cilindrito” en el Tita, para que compitan los chicos del Baby.

Hoy el predio cuenta con siete campos de juego, cinco de césped natural, más dos de sintético. Y la Cancha 8, que está casi lista y conectará al Tita con las hectáreas que se ganaron el último 15 de marzo cuando la gobernadora María Eugenia Vidal le dio a Racing la posesión de aquellas “tierras tomadas”. “Diego Milito le puso una cabeza europea a todo esto. Me dice: ‘Miguel, tenemos que pensar en un proyecto a treinta años’, pero ya le aclaré que no podré acompañar: voy a tener 103”, se ríe Gomis, que tiene mucho que ver en esta historia: fue el descubridor de Milito.

Cuando termina la tarde, se abre la puerta de entrada a la pensión. Del lado de afuera está el anillo externo por el que se pasean los hinchas los días de partidos. Entonces entra Milito, junto a Lisandro y Zaracho.Licha, el héroe del equipo, saluda a los chicos uno por uno, les pregunta por la fecha que jugarán el día siguiente y observa con atención los cortes de pelo que les hizo Gonzalo Sosa, enganche de la Cuarta y peluquero del Tita, a sus compañeros.

Zaracho, que entrenó con estos pibes hasta hace unos meses, y que ya es jugador de selección, con futuro europeo, es uno más. Milito, ex campeón de la Champions League con el Inter de Milán, se queda hablando con Alan Ortiz, preocupado por su rodilla. Todos se juntan en esa foto, una perfecta simbiosis que reúne al ídolo máximo, al crack actual, más la nueva joya que Racing planea vender en veinticinco millones de euros. Alrededor sonríen los chicos de la pensión, los que siguen alimentando el prestigio del Tita, de Avellaneda para el mundo

Fuente

Autor: Julian Zocchi

Fotos: Emmanuel Fernández