Por Cristian Groso. La cena se volvió una costumbre, a mitad de semana en el restaurante de siempre. Entre comensales habituales, como ‘Panchito’ Maciel, Diego Cocca y Mauro Navas, e invitados que rotaban atrapados por el imán del patrón de la mesa, César Luis Menotti . “Coudet está más loco que yo cuando tenía 20 años…”, chicaneaba el ‘Flaco’ cuando entre ellos se sentaba Eduardo Coudet . Pero la broma encerraba un elogio, porque aquel diablillo divertido que se retiró en 2011 se había convertido en un entrenador meticuloso, sin perder una pizca de atrevimiento.

¿Se habrá sentido subestimado en algún momento? “Era consciente del preconcepto que iba a tener el ambiente conmigo. ¿Y sabés qué? Era lógico. Que pasara a ser entrenador el mismo que se pintaba la cabeza cuando jugaba iba a generar desconfianza y yo estaba preparado para eso”, le confesó un día Coudet a LA NACION. Ese hombre es campeón. Campeón, después de perder dos finales de la Copa Argentina con Central y un desteñido paso por Tijuana, de México. Campeón para vengarse del hiriente apodo “Pechacho”, maldad made in Rosario.

Nació hincha de Boca, se encariñó con Platense, lo quieren en San Lorenzo y en River, y se convirtió en ídolo de Rosario Central. Ahora Coudet acaba de colarse en la galería de los afectos de Racing. Lo marcó el chileno Manuel Pellegrini, le encanta el ‘Turco’ Antonio Mohamed y sostiene que él sería el resultado de una licuadora entre ellos, más Diego Simeone. Coudet se identifica con otra escuela, pero admira del ‘Cholo’ el liderazgo en la gestión.

Porque más allá de los trabajos de campo y las flechitas en el pizarrón, Coudet construye desde la cercanía. “Me pasa algo que es contraproducente para la profesión: me encariño mucho con el jugador, llego a ser su amigo. Es difícil, porque tengo que tomar decisiones que me duelen, pero las tomo convencido. Es cierto que muchas veces esas decisiones no me dejan dormir o me hacen sentir mal, pero a la vez sé que son las correctas. Es la parte que más sufro, pero para eso estoy”, le reveló a LA NACION. Ricardo Centurión lo sabe.

Conviven el bromista y el obsesivo. No se ahorra humoradas, pero piensa todo el tiempo en el juego. Hasta niveles de obstinación. “Muchas veces me habla mi señora y le digo… ‘eeeeeeeh’, porque no la estoy escuchando. Y, claro, ella me dice, ‘te estaba pasando el 4, el 9 estaba haciendo el gol, o pensabas que necesitás traer un N° 5.’ Y a veces acierta, que es lo peor”, acepta Coudet y suelta la carcajada de siempre. El ‘Loco’ de los detalles no se olvidó de ajustarse la bufanda en una calurosa tarde de otoño. Porque las cábalas no garantizan nada, pero dulcifican la espera. Y para Coudet ya era hora de salir campeón.

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