“Es el equipo de Coudet” cantaron las 50 mil personas presentes en el Cilindro de Avellaneda. Sin dudas, fue la frutilla del postre para coronar todo el trabajo que se construyó durante un año y medio, desde que llegó el entrenador a la Institución.

Racing salió campeón de la Superliga por causalidad y no por casualidad. Detrás de cada gol, cada asistencia y cada grito se esconde todo un proceso que comenzó aquel 17 de diciembre de 2017. Desde que asumió el Chacho llegaron 17 jugadores (Arias, Olses, Donatti, Sigali, Mena, Piovi, Nery Domínguez, Neri Cardozo, Díaz, Centurión, Mauricio Martínez, Pol Fernández, Bou, Cristaldo, Cvitanich, Ríos y Cassierra).

Repasando rápidamente la lista es difícil encontrar alguno que no haya rendido (sin tener en cuenta a Olses y Cassierra que fueron adquiridos pensando en el futuro y no tanto en el presente). Junto con el consenso y la ayuda de la secretaría técnica -con Diego Milito a la cabeza- Racing logró armar un plantel con todas las letras. La clave, a diferencia de otros mercados de pases, es que los jugadores que llegaron fueron refuerzos y no simples y meras incorporaciones.

La idea siempre estuvo clara desde el primer momento. Levantar al equipo y que pueda volver a los primeros planos del fútbol local. El Racing de Cocca poco se pareció a aquel plantel del 2014 y, cuando llegó Coudet, se encontró con un Racing que deambulaba por el puesto 19.

Jerarquía. Eso es lo que se necesitaba y lo que se fue a buscar; y vaya si lo consiguió. Desde la solidez de Donatti y Sigali, la claridad de Nery Domínguez, los desequilibrios de Centurión y Neri Cardozo sumado a la cuota goleadora de Licha López y Lautaro Martínez terminaron conformando un plantel que rápidamente se amoldó a lo que pretendía su entrenador.

No obstante no todo fue color de rosas. Llegó el mercado de pases y el Inter se llevó a Lautaro. Con él no sólo se fue un jugador extraordinario sino que también unos cuantos goles. Como si esto fuera poco, Mauricio Martínez se lesionó antes de debutar, el pase de Lucas Zelarrayán nunca se llegó a concretar y Agustín Allione no pasó la revisión médica. El panorama era bastante confuso y los tiempos apremiaban más que nunca. Así y todo, nuevamente la visión del entrenador y la secretaría técnica volvieron a dar cátedra y cerraron sobre el filo incorporaciones de primer nivel como son el caso de Marcelo Díaz (bicampeón de la Copa América con la selección chilena) y Pol Fernández. A ellos dos se le sumaron otros nombres como Gustavo Bou, Jonathan Cristaldo, Eugenio Mena y Gabriel Arias.

Rápidamente se disiparon ciertas dudas con algunos nombres ya que, a pesar de algunas referencias negativas, nuevamente (y con la ventaja de analizarlo con el diario del lunes) se trató de un mercado de pases casi perfecto. En poco tiempo se había logrado armar un plantel que prometía grandes cosas.

La dura derrota con River en la Copa Libertadores dejó en jaque al equipo y lo “obligó” a pelear seriamente la Súperliga. Fue en ese momento, en el que el Chacho decidió meter mano y realizar varias modificaciones en las que empezaron a tener más lugar las caras nuevas (Mena, Díaz, Pol Fernández y Cristaldo).

Probablemente, el único bache estaba en los reemplazantes de Lautaro Martínez, quien era el mejor jugador del equipo de Coudet. Con un Gustavo Bou en un nivel muy lejano al que supo ser y un Cristaldo con más sacrificio que eficacia quedaba una sensación de que algo faltaba. Sin embargo, en el plantel reinaba la tranquilidad pues la base estaba más que sólida y el equipo (puntero desde la fecha cuatro) respondía todos los fines de semana en el campo de juego.

Es por eso, que el mercado de pases de verano se basó en buscar apuestas más que certezas, principalmente con las llegadas de Olses (arquero de la sub 20 de Venezuela) y Matteo Cassierra (joven colombiano de 21 años). Sin embargo, el Chacho percibió que necesitaba algo más para asegurar el torneo. Le faltaba el ingrediente final para una receta cuidadosamente elaborada: Darío Cvitanich. Cuando parecía que estaban todas las cartas en la mesa, Racing sacó de la manga un as para darle la estocada final a un campeonato que se hizo más largo de lo que parecía.

Nuevamente, la jugada salió a la perfección. El exdelantero de Banfield, a pesar de sus 34 años, demostró que está más vigente que nunca. Con mucho corazón pero sobre todo con buen fútbol le dió el aire que necesitaba Coudet. Con goles importantes como contra Estudiantes o el empate frente a Colón comenzó a escribir los últimos párrafos de la novela soñada. De la mano del arquitecto Coudet, Racing construyó lo tanto añoraba; un nuevo título. Para eso hizo falta una planificación y un proceso con aciertos y errores, pero con un objetivo claro. De pronto, lo que eran oraciones sueltas encontraron conexión y los puntos suspensivos se transformaron en puntos finales.